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Ibán García del Blanco
Ibán García del Blanco
Público, 23 de septiembre de 2015

Sentirse español

Artículo del secretario de Cultura del PSOE, Ibán García del Blanco
23/09/15
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Recientemente, en el marco de la entrega al director de cine Fernando Trueba del Premio Nacional de Cinematografía, éste parece haberse descolgado con la afirmación de que “no se sentía español”. No bien realizado el pronunciamiento, el Ministro de Educación se apresuró a reprender al artista, al tiempo que se daba la señal de salida para que la cohorte mediática popular procediera a reproducir uno de sus deportes favoritos: el linchamiento al cineasta y ya de paso a todo el cine español.

Parece que las palabras de Trueba fueron sacadas de contexto y que además el grueso de su intervención tenía más que ver con una crítica al nacionalismo –con alguna concreción referida a la actualidad española-. No obstante, faltaría más que hubiera que sentirse en este país como le pareciera al ministro, en tanto en cuanto se cumpla con las obligaciones derivadas del ejercicio de la buena ciudadanía; no parece que Fernando Trueba sea muy sospechoso en esta materia.

El sentimiento de pertenencia tiene algo de arcano, de materia inaprensible. Es volátil, inmaterial, más peligroso que un átomo de plutonio. Hay quien no piensa en ello a lo largo de toda su vida, quien se acuerda solo cuando ve a Gasol destrozando un tablero en el Eurobasket, o quien hace de ello el leimotiv de su existencia; a mí estos últimos me dan miedo. También hay quien hace de ello su negocio vital; a mí estos últimos me dan repugnancia.

Por mi parte he de decir que me siento inequívocamente español, pero mi sentimiento de pertenencia fluctúa a modo de medidor de gasolina de un coche. Hay momentos en los que el depósito de patriotismo rebosa y en otras ocasiones necesitaría repostar. En esas últimas ocasiones me ocurre como a mi paisano Julio Llamazares, que me gustaría independizarme individualmente.

Me siento menos español cuando observo cómo ante la mayor crisis de refugiados de los últimos años, mi Gobierno regatea cupos de asistencia como si estuviera en una lonja. Me dan ganas de independizarme cuando mi país decide dejar de dar cobertura sanitaria a inmigrantes en situación irregular; por contra, la aguja de españolidad sube cuando veo cómo muchas comunidades autónomas se rebelan y vuelven a dar a la sanidad carácter universal.

Una cosa que me hace sentirme orgulloso de ser español son los éxitos de nuestro arte y de nuestros artistas en el extranjero. Cuando Sabina cuelga el “no hay billetes” en Buenos Aires, cuando avalanchas de visitantes se arremolinan para ver “el Gernika”, cuando la industria internacional se rifa a nuestros desarrolladores de videojuegos.

Una de las cosas que más me suelen llenar el depósito de “españolina” es nuestro cine. Escuchar un clarividente discurso de Antonio Banderas y comprobar cómo todo EEUU le escucha con respeto, leer a Quentin Tarantino deshacerse en elogios hacia Pedro Almodóvar, contemplar a Penélope Cruz recibiendo un “Óscar”… Fernando Trueba es una de esas personas que me eleva el orgullo patrio, proyectando lo mejor de nuestro país en el exterior. Todavía recuerdo el sentimiento de logro colectivo que supuso en España el Óscar de Belle Epoque.

Estoy seguro de que a Trueba le pasa lo mismo que a mí, no me siento muy lejano de lo que él expresaba. Hay aspectos de lo que dijo que comparto más y otros menos, lógicamente. Quizá no tengo tan claro aquello de desear que hubiera ganado Napoleón: por mucho que me fascine el ideal revolucionario ilustrado, luego lo contrapongo con el cuadro que pintan del corso Tolstoi o Zweig y me entran dudas.

Como le ocurre a Fernando Trueba, también aborrezco el nacionalismo —el esencialista o el disfrazado de antisistema, lo mismo me da—, sentimiento que se me va incrementando a medida que pasan los años. Como supongo que le pasa a él, mi país es más el de Leonard Cohen que el de algún español que prefiero no nombrar. Desde luego me siento mucho más compatriota de Trueba que de quienes le dicen ahora eso de que como sus películas reciben subvenciones, poco menos que tiene que vestir los famosos tirantes de Fraga.

El Ministro de Educación y Cultura dice que no hay contradicción entre sentirse español y admirar a Shakespeare y que él se siente muy español. No le falta razón en lo primero y lo cierto es que en lo segundo seguro que tampoco —como tantos de sus correligionarios de partido, con la pulsera de España y la cuenta en Suiza—. Pero lo sustantivo de un miembro de un Gobierno no es como se sienta él, sino cómo hace sentirse a los demás.

Poco españolismo hace este ministro cuando perpetra recortes salvajes en Cultura, cuando permite que España tenga los niveles de piratería más elevados del continente, o cuando establece el IVA Cultural más alto de Europa. A mi desde luego esto me ayuda muy poco a sentirme orgulloso de mi país, entiendo que a quienes se dedican al arte y a la creación aún menos que a mí.

Mi objetivo es que, a partir de Enero, podamos dar sobrados motivos desde el Gobierno para que cualquiera se pueda sentir orgulloso de este país. Y ojalá que así le ocurra a Trueba también.

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